Corre lento el matiz de la tarde,
tan lento que parece detenido el tiempo,
sus colores cambian, ya no es ese hermoso
naranja enjugado en el añil de viento,
su vuelve frio y agrio y se vuelve violento,
es carmín en instantes y luego marrón,
tan oscuro y oxidado que estremece
mis huesos.

Es el antítesis de mis deseos,
es el maestro del engaño que atisana
el morbo de mi rabia,
impregna en cada respirar palabras
de odio, consciente y despiadadamente,
enciende ese morbo que tanto aborresco,
ese que asusta la pasividad de mis
sueños nocturnos,
ese deseo que se disfraza de miedo
antes de dar el salto al abismo.

Pierdo la razón y cordura,
no atino a pensar objetivamente,
esa mirada me atrapa y corroe,
esa mirada tiene garbo, es engreída,
rompe las sutilezas de la dulzura
para encarnarse en mi vientre,
me mira a los ojos con fiereza y
trato instintivamente de sostener
mi mirada, no quiero mostrar miedo,
pero me requiebro,
es casi imposible no sentir miedo
ante la fuerza insostenible de
su desenfreno.

Veo llegar lentamente el inicio de
lo que no quiero, de lo que temo,
lo veo llegar y no se qué hacer,
se empañan mis ojos de colores
intensos, ocres, molestos,
cubro mi cabeza para evitar
perderme más, pero es muy intensa
y dolorosa su fuerza,
hasta el agua me sabe amarga
y quema la piel,
lacra mis manos dejando heridas
abiertas que duelen desesperadamente,
quiero detenerme, detener el tiempo,
regresar los minutos atrás,
correr y esconderme en alguna cueva
triste y oscura, deseando ser olvidado.

La tarde no se detiene,
sus colores juegan con mis sentidos
tratando de exprimir un lamento,
procuro soportar, trato de soportar
lo más posible, evitando dejar
escapar una lágrima furtiva,
me sostengo de un árbol como
si al hacerlo sus ramas me
salvarán de la insensatez
de mi miedo,
luego siento un golpe violento
en mi nuca,
pierdo el sentido y caigo
estrepitosamente en el abismo
oscuro… de los sentimientos.